5 cosas sobre la comida que son más importantes que cuántas calorías tiene

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El hiper-enfoque en el valor nutricional de la comida, además de robarnos tiempo, energía, y disfrute, es un comportamiento egocéntrico. Es egocéntrico porque es una forma de mirar el sistema de alimentación como si girara alrededor nuestro, cuando en realidad no lo hace.

No es culpa de nosotras, es lo que nos han vendido- “El superalimento que cura el cáncer,” “la planta que quema grasa,” “las 5 cosas que no puedes comer si quieres perder peso”. La sociedad nos ha convencido de que lo más importante sobre la comida es qué tantas calorías y nutrientes tiene, qué tanto engorda, o qué tantos poderes mágicos podemos atribuirle, entonces es lógico que hayamos aprendido a tomar nuestras decisiones de consumo de comida pensando primero, y muchas veces únicamente, en lo que le aporta a nuestro propio cuerpo. Pero como con cualquier otra decisión de consumo, los consumidores no somos los únicos que nos vemos afectados. Cada uno de los ingredientes de la comida que tenemos al frente varias veces al día, pasó por muchas manos y lugares antes de llegar ahí, y nosotros tenemos el poder de definir el impacto que esta genera.

Entonces, aunque no sea nuestra culpa, sí es nuestra responsabilidad.

Aclaro, no estoy minimizando la importancia nutrirse bien, para cuidarse, y para sentirse bien. Claro que queremos, y, si podemos, deberíamos alimentarnos de una manera que, sin obsesiones ni extremos, apoye nuestra salud, pero eso solo es una parte de la ecuación. Énfasis en el “si podemos”, porque no todo el mundo tiene el privilegio de tener acceso a comida saludable, no todo el mundo tiene acceso a comida, punto.

Y a eso va lo que quiero decir.

Creo que es hora de que pensemos más en todo lo que hay detrás de una compra (o de una comida,) de todo el trabajo, todos los recursos, todas las personas que tienen un rol en el proceso. Es hora de que nos pensemos a nosotros mismos como una pequeña parte de un sistema enorme, porque por más pequeña, somos piezas que con nuestras decisiones tenemos el poder de hacer del mundo un lugar mejor. 

Además, creo que pensar un poquito más en el impacto social y ambiental de lo que comemos, desplaza algo del enfoque en su aporte nutricional, y esto, poco a poco, nos ayuda a mejorar nuestra relación con la comida.

Pero hacerlo requiere que nos replanteemos nuestras prioridades, y que miremos hacia adentro para reevaluar unas creencias y motivaciones. No es un cambio de la noche a la mañana, porque no es una decisión que se toma, “y ya”- son muchas decisiones que se toman constantemente, todos los días, y las cuales no siempre van a ser correctas. Y eso está bien, porque no hay que ser perfecto para ser mejor, y el cambio se crea si todos trabajamos para ser cada vez mejores.

Dicho eso, aquí van cinco cosas que podemos considerar sobre nuestra comida:

¿De dónde viene?

¿Dónde fue cultivada? ¿Dónde fue procesada? ¿Cuánto tiempo tuvo que viajar? Y, ¿en qué vehículo?

La comida tiene una huella de carbono, que mientras más distancia viaje, más grande es. Esa es una razón para intentar comprar más local. Otras razones son que apoyamos la economía y los trabajadores de nuestra comunidad, apoyamos la soberanía alimentaria del país, comemos productos más frescos y deliciosos, y podemos exigirles más transparencia a las empresas.

¿Quién la cultivó?

¿A esa persona se le están respetando sus derechos? ¿Trabaja horas decentes? ¿Le pagan justamente?

Muchas veces, el que cultiva nuestra comida es el que menos voz tiene en toda la cadena. Muchas veces quien produce las verduras que compramos en el supermercado, no tiene plata para comprar verduras para su familia. Parte de empoderarnos como consumidores, es empoderar a los pequeños productores.

¿Fue cultivada con pesticidas?

Hay mucha discusión sobre si consumir alimentos orgánicos o convencionales sí tiene un impacto sobre la salud, o no. Pero igual, esa no es la única razón para elegir comprar orgánico. Porque cuando un alimento es fumigado con pesticidas, es muy probable que las trazas del veneno que el que se lo coma termine consumiendo sean en cantidades tan bajas que no tengan ningún impacto, pero alguien tiene que fumigar esas plantas. Y esa misma persona que las fumiga seguramente vive cerca a los cultivos. Y esa persona está expuesta al veneno día y noche, al igual que su familia. No en vano, la mayoría de los estudios que se han llevado a cabo sobre los alimentos orgánicos han sido con las comunidades de los alrededores de cultivos convencionales, o en los trabajadores de estos cultivos. ¿Qué tan justo es que la salud de esas personas se vea perjudicada por conveniencia de los dueños de los cultivos? Y, ¿cuánto más estamos dispuestos a pagar para proteger a esta población vulnerable?

Si es un animal, ¿cómo vivió?

¿En qué condiciones fue criado? ¿Se pasó la vida acinado? ¿De qué lo alimentaron? ¿Cómo fue sacrificado? ¿Fue pescado usando prácticas responsables con la preservación del océano? ¿Hace parte de un sistema de agricultura regenerativo?

Dejar de comer animales no es la única forma de luchar contra su trato inhumano- también lo es apoyar a las empresas que les dan una vida digna, y exigir prácticas responsables y respetuosas. ¡Podemos revolucionar la industria! Pero si pensar en la vida que tuvo el animal que me estoy comiendo me pone incómoda, ¿será que no me estoy preocupando lo suficiente por asegurarme de que su vida haya sido respetada, si eso es algo que está en línea con mis valores?

El privilegio que es tener un plato lleno de comida al frente. Más del 50% de las familias en Colombia presentan inseguridad alimentaria, es decir que no tienen comida suficiente y de calidad para suplir sus necesidades nutricionales.

Tener una abundancia de comida de la cuál escoger todos los días es algo bueno. Tener acceso a tanta, que no me la quiero comer toda porque me engordo, es un buen problema para tener. Agradezcamos, que estoy segura de que cambiar la mentalidad a una de abundancia y de gratitud puede cambiar nuestra vida radicalmente.

Esto lo escribí con la intención de que reflexionemos un poco más a profundidad sobre lo que está detrás de lo que nos comemos, y las implicaciones sociales y ambientales que puede tener. Son cosas para tener en cuenta, preguntas que pueden servir de guía o que simplemente pueden despertar una llamita de curiosidad y de empatía. El propósito no es que ahora sientas que te tienes que hacer todaaaas esas preguntas con toooodo lo que te comas o que compres, no creo que eso sea realista para la mayoría de las personas. Definitivamente no es realista para mi. Pero son cosas que creo que deberíamos empezar a tener en cuenta.

¿Qué opinas?

¡Un abrazo!

Isa